La respuesta de «lucha o huida» es una de las reacciones más conocidas frente al estrés o la presión. Sin embargo, afirmar que es la única respuesta humana ante situaciones de alta tensión sería simplificar demasiado la complejidad del comportamiento humano frente al estrés. La respuesta de «lucha o huida» se origina en el sistema nervioso autónomo, específicamente en la activación del sistema simpático, que prepara al cuerpo para enfrentar una amenaza inmediata o escapar de ella. Pero en realidad, existen otras formas de lidiar con los desafíos, lo que sugiere que nuestra capacidad de respuesta ante el estrés es más variada y sofisticada de lo que se podría pensar.
La respuesta de «lucha o huida»: Orígenes y mecanismos
El concepto de «lucha o huida» fue propuesto por el fisiólogo Walter Cannon en 1929. Este fenómeno describe la forma en que los organismos, incluidos los humanos, reaccionan ante situaciones de peligro. Cuando el cerebro percibe una amenaza, activa el sistema nervioso autónomo, específicamente el sistema simpático, lo que provoca una serie de cambios fisiológicos en el cuerpo: aumento de la frecuencia cardíaca, liberación de adrenalina y cortisol, dilatación de las pupilas, entre otros. Estas respuestas están diseñadas para preparar al individuo para enfrentar la amenaza ya sea luchando contra ella (lucha) o huyendo de ella (huida).

Aunque esta respuesta es fundamental para la supervivencia y se puede observar tanto en humanos como en otros animales, no es la única manera en que los seres humanos pueden reaccionar al estrés o la presión. La forma en que cada persona responde a situaciones estresantes depende de varios factores, incluidos su personalidad, su estado emocional, el contexto social y cultural, y sus experiencias previas.
Respuestas alternativas al estrés
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Congelamiento o «parálisis»: Aunque la respuesta de lucha o huida es prominente, hay ocasiones en las que los individuos reaccionan al estrés con una respuesta de congelación o parálisis. Este fenómeno es menos discutido que la lucha o huida, pero es igualmente importante. En situaciones de amenaza extrema, algunas personas experimentan una «parálisis» emocional o física, donde sienten que no pueden tomar ninguna acción, ni defenderse ni escapar. Esta respuesta es común en situaciones de trauma, como el abuso o un accidente. El congelamiento es una forma de evasión del peligro cuando las opciones de lucha o huida no parecen viables.
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Respuestas adaptativas: Enfrentar el problema: En muchos casos, la gente no solo reacciona con una respuesta automática de lucha o huida, sino que también toma tiempo para evaluar la situación y buscar soluciones. Este tipo de respuesta está más asociado con la resolución activa de problemas. Las personas pueden buscar ayuda, pensar en alternativas o diseñar estrategias para superar el obstáculo. Este enfoque reflexivo implica una evaluación cognitiva del estrés y es clave en la resolución efectiva de problemas a largo plazo.
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Reacción de sumisión o «rendición»: En algunos contextos sociales o familiares, la respuesta ante una situación estresante puede ser la sumisión. Este comportamiento es más prevalente cuando la amenaza percibida proviene de una fuente de autoridad, como un jefe o un miembro dominante en la familia. En lugar de luchar o huir, algunas personas optan por ceder ante la presión, minimizando el conflicto a corto plazo, pero, con frecuencia, esto puede generar estrés crónico si la sumisión se convierte en un patrón de comportamiento habitual.
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Tendencias de «tend and befriend»: En un estudio innovador realizado por la psicóloga Shelley Taylor en 2000, se sugirió que las mujeres, en particular, pueden tener una respuesta de estrés diferente a la de los hombres, que involucra la tendencia a «cuidar y hacer amistad» («tend and befriend»). En lugar de luchar o huir, las mujeres pueden buscar apoyo social, conectar con otras personas o cuidar de sus seres queridos para manejar las tensiones. Esta respuesta está mediada por hormonas como la oxitocina, que juega un papel crucial en la empatía, el cuidado y la formación de vínculos sociales.
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Desensibilización o desactivación emocional: Otra forma de manejar el estrés, particularmente en entornos laborales o familiares de alta presión, es la desensibilización emocional. Las personas pueden desconectarse emocionalmente de la situación estresante para poder seguir funcionando en su vida diaria. Este tipo de respuesta a veces se observa en personas que están acostumbradas a situaciones de alta carga emocional o en entornos de trabajo donde las emociones fuertes pueden ser vistas como un impedimento para la productividad.
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Distanciamiento y evitación: En ocasiones, la respuesta al estrés implica evitar la situación o las emociones relacionadas con ella. Las personas pueden recurrir a mecanismos de defensa como la negación o la represión, donde el objetivo es evitar enfrentarse directamente con la fuente de estrés. Esta estrategia puede ser efectiva a corto plazo, pero si se prolonga, puede conducir a problemas como la ansiedad crónica, la depresión o trastornos de estrés postraumático (TEPT).
Factores que influyen en la respuesta al estrés
La forma en que un individuo responde al estrés depende de una serie de factores, tanto biológicos como psicológicos. Algunos de los más relevantes incluyen:
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La percepción del control: Las personas que sienten que tienen control sobre una situación estresante tienden a responder de manera más constructiva y menos reactiva. El sentido de control está estrechamente relacionado con la autoeficacia, es decir, la creencia en la capacidad de uno mismo para influir en los resultados de una situación.
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La personalidad: Las personas con un temperamento más optimista o resiliente tienden a manejar el estrés de manera más efectiva, utilizando estrategias de afrontamiento activas como la resolución de problemas o la búsqueda de apoyo social. En cambio, las personas con rasgos de personalidad más ansiosos o perfeccionistas pueden estar más inclinadas a experimentar reacciones de lucha o huida o incluso respuestas más extremas de evitación.
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El contexto social y cultural: El entorno en el que una persona crece y vive también influye en su respuesta al estrés. En algunas culturas, la colectividad y el apoyo social son elementos clave para manejar las tensiones, mientras que en otras, la independencia y la autonomía pueden ser más valoradas. Además, las expectativas sociales y los roles de género pueden jugar un papel importante en cómo se vive el estrés.
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La historia personal y las experiencias previas: Las personas que han experimentado situaciones de estrés en el pasado pueden haber desarrollado patrones de respuesta más adaptativos o, por el contrario, pueden ser más susceptibles a reaccionar de manera extrema ante nuevas amenazas. Las experiencias de trauma, en particular, pueden influir profundamente en las respuestas futuras al estrés, afectando la capacidad para lidiar con desafíos de manera saludable.
Implicaciones para la salud mental
La constante activación del sistema de «lucha o huida», especialmente cuando no está acompañada de una resolución efectiva de los problemas, puede tener consecuencias negativas a largo plazo para la salud mental. El estrés crónico, que no se gestiona adecuadamente, puede desencadenar trastornos de ansiedad, depresión, trastornos del sueño, y enfermedades cardiovasculares, entre otros problemas.
Las respuestas de estrés más adaptativas, como la resolución activa de problemas o la búsqueda de apoyo social, pueden mitigar estos efectos negativos. Sin embargo, si la persona sigue usando estrategias de evasión o congelamiento, los efectos perjudiciales del estrés pueden multiplicarse.
Conclusión
Aunque la respuesta de «lucha o huida» es una de las más conocidas y estudiadas en la respuesta humana al estrés, no es la única reacción disponible para las personas. La diversidad de respuestas al estrés refleja la complejidad de la experiencia humana frente a los desafíos. Reconocer que existen múltiples formas de responder ante el estrés, y que estas respuestas están influenciadas por una variedad de factores biológicos, psicológicos, y sociales, es esencial para entender el bienestar humano y para fomentar estrategias de afrontamiento más efectivas y saludables.